Hoy es feriado en Santa Fe y la ciudad no ha detenido su ritmo. El invierno se resiste a su ocaso y la primavera indecisa espera entre las bambalinas. Miércoles, la mitad exacta de mi semana laboral. Un rumor lejano me susurra en los oídos que la ciudad no tiene nada para ofrecer.
¿Por qué mi bandeja de entrada de correo electrónico está llena de actividades sociales?
- Una pequeña galería de arte tiene muestras permanentes frente de la Plaza “de los artesanos”.
- El sábado hay danza importada de Francia en el Rosa Galisteo.
- El pospuesto TC 2000 ofrece su primera carrera nocturna el sábado en la Alem.
- “La Flauta Mágica” en el teatro Municipal
Y la lista de mails continua…
¿Candioti Sur no es un barrio de Santa Fe? ¿Mi ciudad no es acaso la misma Santa Fe del rumor?
Para contrarrestarlo, la actividad de esta noche de miércoles ya estaba decidida: presentación del vino del mes en el Club de Cata.
Una casa antigüa, arreglada y muy bien iluminada es el espacio físico de “Bodegas López” una de las casas de vinos que organiza los encuentros. Paredes de botellas, pisos en damero, mármol, ladrillo enrasado y madera. Las paredes sangre marcan el contraste de los tintos y las paredes blancas destacan el color de los vinos homónimos.
Al fondo de la casona “la fiambrería”. Jamones, salames, quesos de todo tipo, embutidos, encurtidos, patés e interminables delicatesen saladas para chuparse los dedos...
La casa invita un ambiente tranquilo, sin estridencias, todos -dueños, empleados, invitados, clientes y amigos- estamos en un mismo nivel, distendidos, relajados, cómodos, casi como en casa.
El protagonista siempre es el vino, y esta noche uno de ellos tenía nombre de mujer NINA: “Un delicado vino en el que se denotan taninos dulces, que posee gran cuerpo y tiene buena estructura". El señor se llamaba Lurton Chardonnay (reserva) “un vino floral con gran complejidad aromática y una gran sensación de frescura en boca, en donde se expresa un vino realmente impactante.”
Traté de encontrar en mi paladar esta descripción que hacía de los vinos el mail. La hallaba y la perdía entre la charla con amigos y la observación del lugar. La complejidad se simplificaba y la frescura se acaloraba, lo delicado se desdibujaba y mi cabeza –semi mareada- ya estaba pensando en estas líneas y no podía pensar en las estructuras del vino...
En un instante me di cuenta que al vino no hay que ponerle la cabeza, sino el alma, porque simplemente es para sentirlo. Como todas las cosas que están hechas para compartir.
Tengo dos botellitas en casa ¿Quién cocina?
miércoles, 30 de septiembre de 2009
domingo, 27 de septiembre de 2009
“Para comer bien hay que saber esperar”
Así dice un cartel que tienen en el mercadito de la esquina de casa, que además vende comidas para llevar. La leyenda es sumamente oportuna en la despensa de Omar, pero en este blog –lo reconozco- es un poco inmodesta.
La rescato porque me parece absolutamente compartible, pero también porque viene a justificar con encanto estos casi 4 meses de abandono de nuestros Platos Rotos. El tiempo qua pasó fue un manjar de sabores nuevos, de aromas inexplorados, de ricas experiencias y de anécdotas que fueron para chuparse los dedos.
Pido disculpas a todos aquellos que se quedaron con el gusto a poco de este blog y agradezco a todos los demás que han golpeado los cubiertos en los platos pidiendo más.
Aquí estamos nuevamente.
La ciudad ofrece nuevos lugares para ir a comer, el clima seguro nos dejará deleitarnos al aire libre de una buena mesa y habrá muchas oportunidades de volver sobre estas líneas para que hagamos juntos los comentarios de sobremesa.
La rescato porque me parece absolutamente compartible, pero también porque viene a justificar con encanto estos casi 4 meses de abandono de nuestros Platos Rotos. El tiempo qua pasó fue un manjar de sabores nuevos, de aromas inexplorados, de ricas experiencias y de anécdotas que fueron para chuparse los dedos.
Pido disculpas a todos aquellos que se quedaron con el gusto a poco de este blog y agradezco a todos los demás que han golpeado los cubiertos en los platos pidiendo más.
Aquí estamos nuevamente.
La ciudad ofrece nuevos lugares para ir a comer, el clima seguro nos dejará deleitarnos al aire libre de una buena mesa y habrá muchas oportunidades de volver sobre estas líneas para que hagamos juntos los comentarios de sobremesa.
viernes, 12 de junio de 2009
No quiero que pasen, quiero que se queden.
Hoy, digresión.
Cómo los pancitos saborizados acompañados con alguna crema de queso azul en el momento de la elección del menú en la carta, hoy les sirvo este entremés antes de la entrada.
Es que he estado pensando en lo que pasa y en lo que se queda. He pensado en las personas que pasan por nuestras vidas, en las actividades por las que yo paso sin continuarlas (este blog por ejemplo y esta digresión es un intento de continuar en la cocina de mis Platos Rotos) y, especialmente, he pensado en esos lugares en los que nos gustaba comer y que pasaron…
Santa Fe tiene muchos casos.
Allí estábamos con amigos tan a gusto. La comida, las luces, la atención. Pequeños y cálidos rincones en los que podíamos estar como en casa. En los que con cada visita nos sentíamos parte de la cruzada porque olfateábamos en ese proyecto la dedicación de sus dueños.
Alrededor, otros como nosotros eran parte desde el rol de clientes, muchos incluso casi socios implícitos del lugar con el fin de continuar construyendo la posibilidad de un espacio en el que poder compartir.
Una casa chorizo de dimensiones de juguete, una casona de paredes rojas o un simple salón y tantos más…
Los amantes del buen comer nos acostumbramos a los sabores, nos enamoramos de los lugares y ponemos nuestras expectativas en ellos, nuestro deseo de seguir compartiendo. Y cuando un restaurante nos conquista vamos por la vida promocionandolos esos espacios, recomendamos sus platos, sus particularidades, su gente.
Hasta que de repente paf!, nos atragantamos con las puertas cerradas para siempre, o nos ofrecieron un refrito del espacio que indigesta…
Ya se: estas cosas pasan en Santa Fe y en cada rincón del mundo donde existe el deseo. No habrá un lugar igual, pero habrá otros y aquel deseo va a macerar en nostalgia.
¿Ya eligieron? ¿Qué se van a servir?
Cómo los pancitos saborizados acompañados con alguna crema de queso azul en el momento de la elección del menú en la carta, hoy les sirvo este entremés antes de la entrada.
Es que he estado pensando en lo que pasa y en lo que se queda. He pensado en las personas que pasan por nuestras vidas, en las actividades por las que yo paso sin continuarlas (este blog por ejemplo y esta digresión es un intento de continuar en la cocina de mis Platos Rotos) y, especialmente, he pensado en esos lugares en los que nos gustaba comer y que pasaron…
Santa Fe tiene muchos casos.
Allí estábamos con amigos tan a gusto. La comida, las luces, la atención. Pequeños y cálidos rincones en los que podíamos estar como en casa. En los que con cada visita nos sentíamos parte de la cruzada porque olfateábamos en ese proyecto la dedicación de sus dueños.
Alrededor, otros como nosotros eran parte desde el rol de clientes, muchos incluso casi socios implícitos del lugar con el fin de continuar construyendo la posibilidad de un espacio en el que poder compartir.
Una casa chorizo de dimensiones de juguete, una casona de paredes rojas o un simple salón y tantos más…
Los amantes del buen comer nos acostumbramos a los sabores, nos enamoramos de los lugares y ponemos nuestras expectativas en ellos, nuestro deseo de seguir compartiendo. Y cuando un restaurante nos conquista vamos por la vida promocionandolos esos espacios, recomendamos sus platos, sus particularidades, su gente.
Hasta que de repente paf!, nos atragantamos con las puertas cerradas para siempre, o nos ofrecieron un refrito del espacio que indigesta…
Ya se: estas cosas pasan en Santa Fe y en cada rincón del mundo donde existe el deseo. No habrá un lugar igual, pero habrá otros y aquel deseo va a macerar en nostalgia.
¿Ya eligieron? ¿Qué se van a servir?
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